Desventuras en un casamiento
El sábado se caso uno de mis mejores amigos. Entre mis amigos de siempre somos poquísimos los que dimos el gran paso, la gran mayoría están haciéndose los desentendidos o buscando su media naranja, así que tener un casorio es todo un acontecimiento y por cierto una gran alegría.
Pero lo que supuestamente debería haber sido una noche de felicidad, alegría y pachanga, se vio empañada por una seguidilla de acontecimientos en contra mano.
Ya comenzó mal el sábado a la mañana cuando amanecí con un terrible dolor de muela que no podía calmarlo con nada. Con gran pesar tuve que empezar sin falta un tratamiento con anti inflamatorio y antibiótico para poder estar medianamente bien a la noche.
Luego a la tarde, al salir del trabajo medio a las apuradas por que la hora de la ceremonia religiosa se acercaba, subo al auto y el muy maldito no arrancaba.... invoque a San Ford, patrono de los automóviles, hasta que logre que arrancara. Después me arrepentí de haber invocado a los santos por que camino a casa me topé con la procesión de San Cayetano! hasta los santos me hacían la contra ese día!
Después de la ceremonia religiosa, de los saludos, del arroz y todo eso, llegamos al lugar donde sería la recepción y paso lo de siempre, lo de toda fiesta cuando las mesas son redondas para ocho comensales... “busquemos una mesa vacía para que estemos todos juntos” cuando en realidad las mesas estaban ya todas ocupadas con dos o tres personas y por el bendito afán de sentarse juntos, terminamos dos en cada mesa y seguro sentado al lado de una tía abuela del padre de la novia que no te dirige la palabra en toda la noche, mas que para pedirte que le sirvas vino.
Pero si creen que esto fue demasiado, no van a poder creer lo que sigue, como tampoco lo pude creer yo. El mozo que nos tocó por desgracia era el rey de los pelotudos. Paso a contar.
Cuando le pedí que por favor me cambiara el vino ya me miró con cara de pocos amigos, para traerlo luego de media hora, y medio que ya cene con una sonrisa fingida, típica de mi mal humor.
A la hora del postre, a todos les llegaba su copa helada y a mi nada, entonces le dice Daniela, “disculpe, se olvido de mi esposo”, y desfachatadamente le responde, “no me olvide, a el ya le serví, si quiere repetir me tengo que fijar primero” con indudable burla por su parte. Le hubiese metido el halado de enema sin dudarlo pero claro, no lo tenía.
Después no nos trajo tenedor ni cucharita para la torta, y ya en una evidente guerra silenciosa, me trajo cucharitas ya usadas! Les juro que en un momento llegue a pensar que era una broma que me estaban gastando, lo cual me hubiese enfurecido mas todavía.
Pese al mal educado del mozo y a todo lo otro, la felicidad de un amigo es tan grande que nada alcanza como para arruinarla.









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