agosto 19, 2004

Mi arca de Noé

Quien haya transcurrido su infancia en una provincia o en un pueblo sabe que la misma no fue tal, ni completa ni feliz, si no estuvo acompañado por mascotas, pero no me refiero aquí a las actuales mascotas que son casi de exposición (de chicos nunca se nos hubiese ocurrido tener un Siberian Husky ni mucho menos un Bichon Frisé) sino a los bichos, insectos, animales, mascotas, que llegaban a la casa como pidiendo refugio y que nunca fueron compradas en un Pets shop.
Con mis hermanos siempre fuimos muy bicheros, no me refiero a la acepción del termino que hace referencia a “salir con bagayos”, aunque ahora que me acuerdo también, pero no viene al caso. La cuestión que todo bicho que caminaba y que tenía características claras de animal, o sea, que por lo menos salgan en la enciclopedia, iban a parar a casa.
El menos afecto a los animales era yo, que soñaba con tener caballos, pero mi casa lejos de ser La Ponderosa, era una casa común de barrio con patio grande, pero no como para tener equinos pastando.
Tuvimos perros por docena, de esos que no tenían ni raza ni traza; gatos que no duraron mucho por que además de sacarnos hongos en la cabeza mi vieja los detestaba. También patitos, conejos y pollitos que compramos con plata que nos regalaba mi abuelo para golosinas... tampoco duraron mucho y desde ya les digo, por si algún hijo de ustedes quiere tener de mascota un pato, eso de un paso una cagada es cierto!! Lo mas insólito que tuvimos fue un pichón de cigüeña, que no se como cayó en nuestro patio y un quirquincho y de cuyos bichos no recuerdo su destino, quiero creer que no fueron a parar a una sopa o un estofado.
Quien nos acompaño durante muchos veranos fue Perico, un sapo que le encantaba dormir tras de la heladera, y que mamá cansada de correrlo, decidió adoptarlo y hasta intercambiar saludos, un croac por un buen día Perico.
No todos fueron momentos agradables en nuestra arca de Noé, mientras nuestras mentes permanezcan lúcidas, nunca olvidaremos a Copito, un cabrito que le regalaron en el campo a mi abuelo y fue por unos días nuestra mascota preferida hasta que misteriosamente desapareció una víspera de Navidad, y mi hermana, desafortunadamente, fue la que descubrió el homicidio cuando al abrir la heladera vio la cabeza de copito que la miraba como diciendo “tarde piaste, pavota”.
Nunca olvidaré el legado de mi padrino que antes de partir a su exilio en España, me dejo de regalo su jaula llena de catitas australianas de todos colores, y si bien era chiquito, estoicamente me responsabilice de la crianza de estas pobres catas que la Junta Militar quiso dejarlas huérfanas. Pero como ya dije, era chiquito y apenas un poco menos abombado de lo que soy ahora, treinta años después, así fue que un día al olvidarme la jaula abierta mientras llenaba los platitos de alpiste, optaron por su propia libertad, la libertad de opción que mi padrino no tuvo.De más esta decirles que nuestras altas a la planta permanente de la familia, nunca eran bien vistas por “la patronal” pero quien se resiste ante la cara de felicidad que una mascota produce en un niño.

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