Stress post compras
Ir a hacer las compras para la familia Corsi siempre fue todo un tema; primero por que no voy solo, sino con esposa and company. Y segundo por que pareciera que todo se confabula para ser una tarde de sábado de terror.
Llego y como en cualquier super o hiper, no hay donde estacionar y uno termina dejando el auto en el otro extremo de la playa y donde no encontras ni la sombra de un barrilete (entiéndase que en La Rioja y con las temperaturas reinantes es imposible dejar el auto en el sol por que despues no podes apoyar ni las manos al volante ni el culo al asiento)
Luego de ingresar, buscar un carrito mas o menos decente y con asiento para niños incordios como el mío, pasa lo de siempre:
- vos traes la lista de cosas que hacen falta, no?
- No! Te dije que la pusieras en la cartera!
- Creí que la tenias en el bolsillo...
Entonces siempre terminamos comprando lo que mas o menos uno se acuerda de la lista, para luego llegar a la casa y sentir “sabes que... me olvide que no tenía sal fina”.
Algunos super tienen la mala costumbre de vivir cambiando de lugares las cosas, entonces cada tanto te das con la sorpresa que donde antes estaban los fideos ahora esta lleno de bombachas y corpiños; donde estaban los artículos de limpieza, ahora están las mermeladas. Y así fue como me quede solo con los chicos, tras perderla a Daniela en la sección “mujeres”... por que será que los hombres sentimos cierto resquemor de ir a buscar toallitas para nuestra pareja? Nos atontamos, nos ponemos colorados y hacemos papelones peores; Además, convengamos, que no es lo mismo decirle a tu esposa, que esta en la otra punta de la góndola “Harina común o leudante?” que decirle en voz media alta “¿qué talle de protector me dijiste?”
Otra cosa. Nunca faltan las señoras que atraviesan sus carros en medio del pasillo y se pones al día con los últimos chusmerios del barrio. Con estas víboras barriales son completamente irracional. Diciendo un “permiso” seco y tosco, paso atropellándolas con el mío, y de lejos siento murmurar “que ordinario, nada que ver con la mujer que es una amorosa”.
A todo esto sigo peleando con las viejas que no dan lugar, con las nenas que ponen lo que se les ocurre en el carro, desde Barbies hasta chocolates, con Juampi que cree que todo lo que entre al carrito es para comer y hay que lucharlo para que no mastique los jabones; y con Daniela que esta horas frente a los champú tratando de probar alguno nuevo que prometa mas sedosidad, iluminación y brillo. Además es una Lita de Lazzari frustada, y a todos los productos les encuentra un defecto “no lleves esas arvejas, lleva de aquellas que son mas verdes y redondas” y cosas por el estilo.
Como si fuera poco llega el turno de la caja y fija que justo pusiste algo que no tiene código ni precio, o si llevas pocas cosas, encaras para la caja rápida y hay algún pelandrún con el carrito lleno.
A decir verdad lo único que me gusta del super son las chicas promotoras que tan gentilmente te ofrecen probar las cosas mas variadas: salchichas, yogurt, vino, actimel, fernet, milanesas de soja, etc. y yo pruebo de todo, mi alma de gordo no me deja despreciar nada.









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